lunes, 24 de julio de 2017

LA ZORRITA Y LOS PÁJAROS EXÓTICOS (JAVIER BUENO)


Como el título de esta novela de Javier Bueno es tan largo como poco acertado, no he podido añadir que esta nueva entrada en el blog pretendía ser la felicitación que cada año cuelgo con motivo del Día del Libro.
            La protagonista de esta historia es un “zorra”, en el mal sentido de un término que entrecomillo porque me resulta desagradable utilizar (quizás sea también ésa la razón por la que el autor usa el diminutivo); la muchacha se llama Claudina Richet, es guapa y buena (aunque un poco ingenua) y, además de algunos otros tópicos, vive en París.
            Es, seguramente, la obra más deliciosa que he leído en mucho tiempo.
            No lo escribo con ironía, sino con el corazón. Nunca dedicaré las páginas de este cuaderno a la crítica corrosiva. Tengo tan poco tiempo y tan poco espacio que, si puedo evitarlo, no lo emplearé en tirar por tierra lo que no me gusta, habiendo, como hay, tanto digno de ser aplaudido y alabado, tanto que merece la pena ser pregonado para que también los demás lo conozcan, empezando por este autor del que ni siquiera se encuentran datos en Internet (donde estamos todos), y del que sólo sé lo que se dice en el envés de la portada de este libro del que os hablo: “Javier Bueno, cuya vida se ha desarrollado principalmente fuera de España, en las oficinas de los organismos internacionales, tiene tras sí una constante y larga labor literaria. En España, antes de 1939, publicó algunas novelas y libros de ensayos. Pero ha sido sobre todo a partir de 1943 cuando se ha entregado a la novela de manera más decidida y apasionada. Domiciliado en Suiza, las primeras ediciones de sus novelas han salido, desde entonces, en francés”. Ojalá que alguno de vosotros lo conozca y pueda añadir algún comentario con más datos, más títulos o algún enlace.
            Claudina es uno de esos personajes que, como Alonso Quijano (Don Quijote) o el príncipe Mischkin (el Idiota), resultan tan auténticos que sólo de tarde en tarde se encuentran en los libros… y nunca en la vida real. Incapaz de ver el mal (que quizás sea lo único que le rodea), inmune al desaliento y la desesperanza, nos ayudará a contemplar con ojos inocentes una Francia feliz en vísperas de la ocupación nazi, que nos recuerda a la de los musicales de Gene Nelly y Leslie Caron o las pinturas de Palmero y que, poco después, será invadida y terminará desangrándose en la guerra mundial; cuando ésta termine, se encontrará sumida en la confusión, el odio, el hambre y la miseria… Mas nada de esto será suficiente para que ella, Claudina, pierda su fe en el hombre o su ilusión por la vida.
            Para mí, que disfruto con la Literatura, la obra tiene un valor añadido: La originalidad de su escritura… Aunque esto es algo que escribo con letra pequeña, consciente de que, las más de las veces, si una lectura me resulta inusual, puede que sea sólo fruto de mi ignorancia, de que yo no conozca nada de lo que ya exista igual o parecido. En cualquier caso, es un deleite que una obra te sorprenda en este sentido después de casi medio siglo de lecturas, y esta novela lo ha hecho: El narrador es un vecino de Claudia que apenas interviene en la trama, aunque siempre está presente en las páginas del libro, porque es a través de sus diálogos con ella como conocemos los hechos y los personajes; sería un monólogo si el discreto narrador no estuviera presente, pues casi nunca “oímos” lo que él dice, aunque podamos adivinarlo por las palabras de ella. Si hubiera sido una novela habitual, escrita en tercera persona y narrada por este personaje, no hubiéramos podido conocer los pensamientos ni los sentimientos más íntimos de Claudia; y si hubiera estado escrita en primera persona, hubiera perdido la frescura, la espontaneidad, la inocencia de quien, muchas veces, no sabe por qué hace o dice las cosas. La solución de Javier Bueno ha sido este encantador diálogo del que sólo escuchamos una voz, sin que por ello se convierta en un monólogo.
            Puede que alguno de vosotros se esté preguntando cómo llegó este libro hasta mis manos. Os aseguro que, sin conocer al autor y con un título tan desafortunado, poca gente sentiría la tentación de comprarlo por su aspecto: Unas tapas completamente en blanco, con un pequeño cuadradito verde en el que, con letra minúscula se leen autor y título. Totalmente anodino y, además, publicado por Ediciones Aguilar en 1963, por lo que también inexistente en los anaqueles de las librerías. Pues bien, este libro me lo encontré tirado y pisado en el rastro de Valencia. Como muchos sabréis, algunos de los vendedores de estos “mercadillos de las pulgas” (por usar otra denominación), cuando se acaba la mañana, si consideran que no les merece la pena llevarse lo que no han vendido, lo abandonan en el sitio aunque, eso sí, destruyéndolo para que nadie lo aproveche: discos partidos con el pie, libros desgarrados, cerámicas estrelladas contra el suelo… y, en medio de tanto escombro y cascote cultural, un montón de desarrapados (entre los que me incluyo, cuando tengo la ocasión), pululando en busca de algo que se haya salvado: una cinta de casete de las que Paco Clavel compraba en las gasolineras, un tebeo que se puede recomponer con un poco de paciencia, una novela del oeste a la que sólo le faltan las tapas, una taza sin asa y, a veces, un libro entero que el chamarilero ha considerado que no merecía la pena hacer el esfuerzo de romper: ¿Quién se va a agachar a coger del suelo La zorrita y los pájaros exóticos?
            Yo lo hice el 21 de febrero de 2010. Me agacho por cualquier libro que vea tirado, sea  el que sea. Rara vez son títulos que me interesen personalmente; así es que, si ya los conozco, los limpio y los guardo para la biblioteca de Villatoya o para ofrecerlos en el mercadillo de Publicaciones Acumán, convirtiéndolos de este modo en ayuda al tercer mundo… Si me son desconocidos, apunto el lugar y la fecha de su hallazgo y los amontono a la espera de poder hojearlos un día, por si acaso. Os aseguro que me he llevado verdaderas sorpresas, aunque esta deliciosa novela de Javier Bueno quizás haya sido la mayor de todas. Por eso he querido compartir su historia con todos vosotros en este día del libro de 2010. Sé que ya es un poco tarde pero es que a mí me pasa como al personaje del chotis que canta Guillermina Motta: “Siempre estoy corriendo y siempre llego tarde”.

LAS PALABRAS Y LOS POEMAS DE JUAN VICENTE PIQUERAS

El título que acabo de escribir para esta entrada es un pareado. De ésos que a uno le salen sin querer y que el buen escritor se apresura a corregir con la ayuda de los sinónimos o el ingenio. Yo no lo voy a hacer: Escribo bien, pero no soy un buen escritor. Además, como no soy poeta (como Juan Vicente Piqueras), me puedo permitir esos ripios. Y, por si éstas fueran pocas razones, aún tengo otra más poderosa: Dar esta explicación me sirve para introducir la invitación que quiero haceros a leer a este autor, nacido en el pueblo en el que yo vivo y que, según confiesa en la solapa de unos de sus libros, vive donde yo quise nacer: en no sabe dónde.
Recomendar la lectura de un poeta no parece muy complicado. Bastaría con decir que uno lo ha leído y que le ha gustado. A veces (yo lo he hecho en este mismo blog), sería suficiente con reproducir alguno de sus poemas y compartirlo así con todos vosotros. Por lo general, en estos casos las palabras sobran y, como éste es uno de ellos, hubiera bastado con transcribiros los versos con que cerraré la entrada; los de “Bendición”, del poemario “La palabra cuando”, y los de “Un hombre cualquiera un día cualquiera”, de su delicioso “manual de gramática y poesía”, al que ha titulado “Yo que tú”.
Si alguno de vosotros quiere, puede irse directamente a los poemas y obviar todo lo que yo escriba. Pero a quien se quede leyendo le contaré que la primera vez que me hablaron de Juan Vicente Piqueras, recién llegado yo a Requena, fue muy lejos de aquí, en Roma, donde él trabajaba en el Instituto Cervantes, como mi amigo Agustín. No sé si ya escribía versos, aunque supongo que sí; a mí no me interesa mucho la poesía (aunque pueda parecerle lo contrario a quien ojee este blog); pero el hecho de estar viviendo yo en su pueblo, aunque él siempre habitara lejos (Italia, Grecia, Argelia…), nos llevó a coincidir más veces, aunque no recuerdo ninguna en la que hayamos hablado cara a cara (sí una en la que los dos coincidimos en un programa de radio Requena, él a través del teléfono y yo en el estudio).
En fin, motivos suficientes como para que alguna vez me haya parado a leer alguno de sus libros, entre los que me gustó especialmente el de “Aldea”. Pero ha sido al escucharlo hablar de poesía, apenas hace unos días, cuando realmente he descubierto la grandeza de este poeta que gana los premios más prestigiosos y publica en las mejores colecciones de poesía, manteniéndose al margen de los círculos oficiales u oficiosos. Han sido sus palabras (las que dice y como las dice), las que me han empujado a volver a leerlo y disfrutarlo más que nunca. Os aseguro que la de su poemario “Yo que tú” ha sido una de las lecturas que me han resultado más deliciosas en los últimos meses… No sólo por sus poemas (que para muestra, los que os dejo a continuación), sino también por el preámbulo: “Poesía y gramática”, que os recomiendo tan encarecidamente como cada uno de sus poemas.
Bendición
benditos los que sólo lloran solos
         los que hablan lenguas muertas
         los que creen en dioses aún no aparecidos
         y se quedan dormidos sobre el atlas
         (los labios en Ceylán      la nariz en Angola)

benditos los que huyen
         los que dicen que no y se van silbando
         los tontos      los inútiles      los otros
         los que no opinan nada sobre nada
         los que sufren por no saber mentir

benditos los que aman y están solos
         los que no tienen prisa ni lugar
         los que no dicen nada
         los que se van sin más explicaciones

(de “La palabra cuando”)


Un hombre cualquiera un día cualquiera
Se levanta, se lava, se peina, se afeita,
se viste, se va de su casa al trabajo,
se sienta, se pone ante el ordenador,
se pasa ocho horas moviendo los dedos,
se cansa, se aburre, se toma un café,
se irrita, se agota, se vuelve a su casa,
se mira al espejo, se mira al espejo,
se pregunta en silencio si vale la pena
y no se responde, se mira las manos,
se quita la ropa, se pone el pijama,
se acuesta, se duerme, se sueña feliz. 
(de “Tú que yo”)



CANCIÓN DE CUNA PARA LOS ELEFANTES (ADRIANO DEL VALLE)


No diría del todo la verdad si incluyera a Adriano del Valle entre mis autores preferidos… Y, sin embargo, versos suyos fueron no sólo los primeros que escuché, sino los primeros que, sin tener que cerrar los ojos, me permitieron ver, más allá de las paredes de mi cuarto, una selva rezumante de vida; más allá de la pelada bombilla de ciento veinticinco vatios, la luna llena; más allá de mis lágrimas, las de un elefante que tampoco quería dormir...
            Ahora sé, porque lo he averiguado gracias a Internet (mi cultura no da para tanto), que Adriano del Valle fue un gran amigo de la familia de Borges y del poeta portugués Fernando Pessoa, con el que intercambió cartas durante muchos años…  y que hablar de Adriano del Valle es hablar de uno de los máximos representante del movimiento ultraísta español. Antes (aunque no mucho antes), sólo sabía que era el autor de la “Canción de Cuna de los Elefantes”, el poema que mi padre, teniéndome en brazos, me recitaba cuando yo lloraba porque no me quería dormir. Es uno de los recuerdos más antiguos que conservo y, junto a él, me han acompañado durante medio siglo esas imágenes de la selva iluminada por la luna y algunos versos que, cuando he tenido la ocasión, he repetido al oído de algún niño que llorara en mis brazos.
             Hoy quiero compartir este recuerdo con todos vosotros… este recuerdo y este poema (quién sabe si alguno lo necesitará esta noche para conciliar el sueño). 






Canción de Cuna de los Elefantes 

          El elefante lloraba
          porque no quería dormir…
          Duerme, elefantito mío,
          que la luna te va a oír… 
          Papá elefante está cerca;
          se oye en el manglar mugir.
          Duerme, elefantito mío,
          que la luna te va a oír… 
          El elefante lloraba
          con un aire de infeliz
          y alzaba su trompa al viento;
          parecía que en la luna
          se limpiaba la nariz… 
         Duerme, elefantito mío;
         ¿por qué no quieres dormir?
         Estoy mirando la luna
         que muy pronto se va a ir.

LA NOVIA DEL CAMPO (JUAN RAMÓN JIMÉNEZ)


El sábado pasado, regresando de Madrid, contemplaba Eliana el paisaje manchego que tanto le hechiza desde que llegó a España: ese tapiz de rojos y ocres, verdes y amarillos que se combinan con infinidad de matices, que varían de una a otra estación del año, y aún de una a otra hora del día. Sólo quien lo haya gozado con sus propios ojos podrá llegar a saborear plenamente la pintura de Benjamín Palencia. Atardecía y el cielo azul, que se oscurecía en nuestro horizonte, se tornaba naranja, malva y  rojo a medida que el sol se ponía a nuestras espaldas e iba desapareciendo, en busca del mar, donde quedaría convertido en un único y fugaz rayo verde… Tan verde como el trigo y la cebada que, convertidos en alfombra, habían empezado a cubrir los campos manchegos en los que aún duermen, desnudas, las cepas de las viñas. “¿Cuándo saldrán las amapolas?”, me preguntó. “No sé –le confesé–, pero ya no tardarán mucho”. Era verdad. Sólo dos días después, regresando el martes del trabajo, pude contemplar las primeras desde el coche; el miércoles eran tantas que ya no había que buscarlas, eran ellas las que salían al encuentro de los ojos. Así que, como cada primavera, volví a recordar el poema de Juan Ramón Jiménez que, siendo niño, tanto me gustaba… y me dije: en cuanto pueda, lo cuelgo en blog. Aquí lo tenéis:

Novia del campo, amapola,
que estás abierta en el trigo;
amapolita, amapola,
¿te quieres casar conmigo?
Te daré toda mi alma,
tendrás agua y tendrás pan.
Te daré toda mi alma,
toda mi alma de galán.
Tendrás una casa pobre,
yo te querré como un niño,
tendrás una casa pobre
llena de sol y cariño.
Yo te labraré tu campo,
tú irás por agua a la fuente,
yo te regaré tu campo
con el sudor de mi frente.
Amapola del camino,
roja como un corazón,
yo te haré cantar al son
de la rueda del molino;
yo te haré cantar, y al son
de la rueda dolorida
te abriré mi corazón,
¡amapola de mi vida¡
Novia del campo, amapola,
que estás abierta en el trigo;
amapolita, amapola,
¿Te quieres casar conmigo?

POR LA LECTURA (JOSÉ LUIS SAMPEDRO)



  No he leído mucho a José Luis Sampedro, aunque siempre me ha encantado oírlo hablar, ya sea de Literatura o de Economía. Reconozco también que tiene un carisma especial, que se acrecienta con su cercanía a la gente… Quizá sea por esta condición, propia de los sabios verdaderos, por lo que hoy lo traigo al blog; no tanto por sus novelas, como por esta bella reflexión que, como suscribo, quiero ayudar a difundir (hallaréis otros escritos igual de lúcidos en su página personal, que os invito a visitar).

Por la Lectura

Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos. Sus “clientes” éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.
Muchos años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y veces también ellas quedaban prendadas. Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos.
Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro.

Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir –eso dicen- a los autores del desgaste del préstamo. Me quedo confuso y no entiendo nada.
En la vida corriente el que paga una suma es porque:
a) obtiene algo a cambio
b) es objeto de una sanción.
Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura?
Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación? ¿Acaso dejaron de cobrar por el libro vendido? ¿Se les leerá menos por ser lecturas prestadas? ¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos?
Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura? ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos? No entiendo a esa Europa mercantil. 
Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra. Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña. 
¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS!

POETA DE GUARDIA (GLORIA FUERTES)


Nací para poeta o para muerto
escogí lo difícil
-supervivo de todos los naufragios-
y sigo con mis versos
vivita y coleando.

Nací para puta o payaso
escogí lo difícil
-hacer reír a los clientes desahuciados-
y sigo con mis trucos
sacando una paloma del refajo.

Nací para nada o soldado
y escogí lo difícil
-no ser apenas nada en el tablado-
y sigo entre fusiles y pistolas
sin mancharme las manos

           
Conocí a Gloria Fuertes por la televisión, como casi todos. Ya no era tan niño, pero me hechizaban aquellos breves poemillas suyos que, con voz aguardentosa y cascada, ella misma recitaba en “Un globo, dos globos, tres globos”. Con más edad conocí su obra para adultos: Aconsejo beber hilo, Sola en la sala, Cuando amas aprendes Geografía, Historia de Gloria… Y otras cuantas, en especial su Poeta de guardia, que me hacía imaginarla sola en la madrugada (toda su poesía es una queja -sin lágrimas, gimoteos ni aspavientos- de soledad), en medio de la gran ciudad, asomada a una ventana, desde cuyos cristales se escapara la única luz que, junto a la de los semáforos y alguna amarillenta farola, rompiese la oscuridad de un Madrid dormido… Y ahora que lo escribo, ahora que os lo cuento, se me ocurre si no será esta imagen la que me hizo creer, durante muchos años, que Gloria Fuertes era la mujer de Dámaso Alonso (el de
             “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres 

                                                       (según las últimas estadísticas). 
                A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo”)

… Luego supe que no era así, conocí más de su vida y, en los tiempos de la Editorial, llegué a visitarla un día en su casa de la calle Padre Damián, que no estaba ni tan alta ni tan vacía como yo la imaginara de adolescente. Sin embargo, en aquel encuentro, se cumplen ahora diez años, el mito se me desmoronó; a Gloria Fuertes, aquel día, no le preocupaban, como en sus versos de siempre, el tendero, la limpiadora de la oficina, la prostituta tísica, los albañiles, los mendigos, un camello cojo… estaba enojada porque le habían dado el último premio Nobel a Wislawa Szymborska y ella se consideraba con muchos más méritos.
            Debería haber tenido en cuenta que fue sólo una mañana, sólo una conversación y que aquél, al fin y al cabo, era un tema de actualidad (estaba a punto de concederse el de ese año, que fue para Darío Fo). ¿Quién no se ha sentido alguna vez frustrado, incomprendido o relegado? Una década después me doy cuenta de que lo verdaderamente valioso, para mí, hubiera tenido que ser el que ella me confiase ese malestar, esa decepción, como cuando en alguno de sus poemas escribía
                        
                       “Cuatro mil millones
                               mis vecinos en la tierra
                               cuatro mil millones
                               y yo sola en la azotea”
O     
                        “Luego de mayor,
                               lo único que pedí prestado
                               fue amor,
                               lo devolví con creces,
                               hoy estoy arruinada”

            Hace unos días, en el boletín Bilaketa, que puntualmente me llega por Internet y siempre abro con gusto, reproducen un texto suyo, esta vez no dirigido a los niños, sino a los más mayores, a los ancianos; su lectura me ha llevado a revivir estos recuerdos y compartirlos con vosotros, poniendo punto final con algunas de las frases del texto que envían los de Aoiz (Navarra), y en el que la poeta dice cosas como éstas: “Tenemos que hacer todo lo que no pudimos hacer durante años… ahora sabemos todo lo que NO nos han enseñado... No tengo hijos pero tengo libros… (tenemos tiempo de) hacer flores de mentira y dar besos de verdad… Recuerden que les recuerdo. Reciban versos y besos de vuestra amiga,
Gloria Fuertes”          

Y nadie suena, o quema, o hiela o llama
en esta noche,
en la que,
como en casi todas,
soy poeta de guardia.

NOCTURNO III (JOSÉ ASUNCIÓN SILVA)

NOCTURNO III (JOSÉ ASUNCIÓN SILVA) 


Uno de los primeros poemas que me cautivaron como lector, siendo aún poco más que un niño, fue este nocturno de José Asunción Silva, que encontré entre las páginas de “Las mil mejores poesías de la lengua castellana”, libro que siempre estuvo en mi casa, junto a las “Rimas y leyendas” de Bécquer, otro romántico.

Yo, que no sabía que Asunción Silva también lo era, romántico, me creía uno de ellos. Y a lo mejor lo era, porque me gustaban la noche y las sombras que proyecta la luna llena, los amores imposibles que perduran más allá de la muerte, las niñas de ojos tristes que se morían en mañanas grises y lluviosas; me gustaba pasear por los cementerios (me gusta todavía), y vestirme de negro.

Ha llovido mucho desde entonces y se han muerto ya unas cuantas niñas de ojos tristes o alegres, que nunca llegarán a ser mujer. Ahora me aburre leer a los románticos (salvo a Larra, que me sigue pareciendo muy actual)... Y, sin embargo, este poema sigue siendo uno de mis preferidos, uno de los que me apetece leer de vez en cuando y compartirlo con mis amigos como aquí lo comparto con todos vosotros.



 
Una noche
Una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de alas,
Una noche
En que ardían en la sombra nupcial y húmeda las luciérnagas fantásticas,
A mi lado, lentamente, contra mí ceñida toda,
Muda y pálida
Como si un presentimiento de amarguras infinitas
Hasta el más secreto fondo de tus fibras se agitara,
Por la senda que atraviesa la llanura florecida
Caminabas,
Y la luna llena
Por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca.
Y tu sombra
Fina y lánguida,
Y mi sombra
Por los rayos de la luna proyectadas
Sobre las arenas tristes
De la senda se juntaban
Y eran una
Y eran una
Y eran una sola sombra larga!
Y eran una sola sombra larga!
Y eran una sola sombra larga!
Esta noche
Solo, el alma
Llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte,
Separado de ti misma por la sombra, por el tiempo y la distancia,
Por el infinito negro
Donde nuestra voz no alcanza,
Solo y mudo
Por la senda caminaba.
Y se oían los ladridos de los perros a la luna,
A la luna pálida,
Y el chillido
De las ranas
Sentí frío. Era el frío que tenían en tu alcoba
Tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas
Entre las blancuras níveas
De las mortuorias sábanas.
Era el frío del sepulcro, era el frío de la muerte,
Era el frío de la nada.
Y mi sombra
Por los rayos de la luna proyectada
Iba sola
Iba sola
Iba sola por la estepa solitaria.
Y tu sombra esbelta y ágil;
Fina y lánguida
Como en esa noche tibia de la muerta primavera,
Como en esa noche llena de perfumes, de murmullos y de música de alas,
Se acercó y marchó con ella,
Se acercó y marchó con ella,
Se acercó y marchó con ella... ¡Oh las sombras enlazadas!
¡Oh las sombras que se juntan y se buscan en las noches de negruras y de lágrimas!...